Madeira: la isla donde la naturaleza lo domina todo
Hay viajes que disfrutas y otros que consiguen quedarse contigo mucho tiempo después de volver a casa. Madeira ha sido uno de esos destinos. Desde el momento en que aterricé supe que no era una isla cualquiera: montañas que emergen del océano, carreteras con vistas espectaculares y bosques envueltos en niebla.
Pasamos varios días recorriendo la isla en coche, haciendo algunas de sus rutas de senderismo más famosas y descubriendo pequeños rincones.
Santana y la costa norte
Nada más aterrizar, alquilamos un coche y nos dirigimos a la zona de Santana donde nos hospedamos tres noches en una preciosa casa situada en una zona bastante remota pero auténtica con vistas al océano Atlántico. Visitamos los alrededores de São Jorge, varios miradores junto al faro, sus tradicionales casas y la espectacular costa donde los acantilados caen directamente al mar.
Muy cerca también descubrimos algunos restaurantes tradicionales donde probamos comida típica madeirense en un ambiente muy familiar.
Los picos más espectaculares
Si hay algo que recomendaría a cualquiera que visite Madeira es hacer alguna de sus famosas levadas. Nosotros elegimos la ruta de Caldeirão Verde y fue una de las experiencias que más disfrutamos del viaje y creo que una de las mejores rutas de senderismo que he hecho hasta ahora.
El sendero atraviesa bosques frondosos, tres túneles excavados en la roca y paisajes que parecen sacados de otro mundo. A medida que avanzas, el sonido del agua te acompaña constantemente y la naturaleza lo envuelve todo. El final de la ruta, con la impresionante cascada de Caldeirão Verde cayendo sobre una laguna rodeada de paredes cubiertas de vegetación es la recompensa perfecta.
Al siguiente día también subimos a Pico Ruivo, el punto más alto de Madeira. Desde allí esperábamos ver unas vistas impresionantes pero la realidad es que el cielo estaba cubierto de nubes y fue difícil conseguir ver nada, pero la ruta en sí mereció la pena.
Ambas rutas muestran dos caras muy diferentes de la isla: la Madeira más verde y salvaje de las levadas y la Madeira más montañosa y espectacular de sus cumbres.
Bosques de cuento en Fanal
Uno de los lugares que me gustó mucho fue el bosque de Fanal. Los árboles centenarios cubiertos de musgo y la niebla que aparecía y desaparecía constantemente creaban un paisaje que parecía sacado de una película de fantasía.
Seixal y sus piscinas naturales
Continuamos hasta Seixal, donde encontramos unas de las piscinas naturales más bonitas de la isla. Formadas por roca volcánica y con el océano Atlántico como telón de fondo, son un lugar perfecto para relajarse y disfrutar del paisaje.
Además, la carretera que recorre la costa norte ofrece algunos de los mejores miradores de Madeira y es posible ver distintas cascadas naturales que bordean toda la zona.
Cabo Girão
En la costa sur no podía faltar una visita al Cabo Girão, uno de los acantilados más altos de Europa. Su plataforma de cristal ofrece unas vistas espectaculares sobre el océano y muchísimos cultivos situados cientos de metros más abajo.
Funchal
Nuestra aventura terminó en la capital de Madeira, Funchal. Pasear por su casco histórico, recorrer el Mercado dos Lavradores y disfrutar del ambiente de sus calles fue la mejor forma de terminar el viaje. Me sorprendió lo limpia, cuidada y auténtica que es la ciudad, además de la buena gastronomía madeirense como su pescado fresco, el bolo do caco con mantequilla y ajo, bolo de mel, espetadas y su bebida tradicional, la poncha además de su cerveza local, coral.
Después de varios días explorando la isla, aquí os dejo algunas recomendaciones que repetiríamos sin dudar:
Alquilar un coche es prácticamente imprescindible.
Madrugar para visitar los miradores más populares y evitar las aglomeraciones.
Llevar siempre algo de abrigo, incluso en verano. El tiempo cambia rápidamente según la altitud.
Dedicar tiempo a la costa norte, que para nosotros fue una de las zonas más bonitas.
No intentar verlo todo. Madeira invita a disfrutar de cada parada sin prisas.