Una semana navegando por las Islas Griegas
Hace más de diez años hice un crucero por las islas griegas con mi familia. Fue mi primera toma de contacto con este país y me dejó con ganas de más. Desde entonces tenía el deseo de volver, pero esta vez quería hacerlo de otra manera: explorando nuevas islas, con más calma y viviendo la experiencia desde el mar.
Nunca imaginé que un catamarán y siete días de travesía me regalarían una de las experiencias más inolvidables de mi vida.
Atenas: la gran bienvenida
Nuestro viaje empezó en Lisboa con un vuelo directo a Atenas. Apenas aterrizamos, la ciudad ya nos envolvía con su intensidad: tráfico caótico, templos antiguos que se asoman entre edificios modernos y esa mezcla de historia y vida cotidiana que le da tanta personalidad.
Esa primera noche cenamos en una taberna típica llamada Enastron. Mesas de madera en la calle, farolillos, música suave… y una selección de platos para picar entre todos: zucchini balls, ensalada griega, tzatziki y un queso feta con sésamo y miel que estaba espectacular. Atenas nos recibió con todo: buen ambiente, buena comida y mucho carácter. A la mañana siguiente, antes de despedirnos desayunamos una rica empanada de espinacas y queso feta en la cafetería Fillo y visitamos el centro de la ciudad, la plaza Sintagma con su cambio de guardia, el jardín botánico y paseamos por las calles principales.
Lefkada
Al día siguiente, carretera y bus hacia Lefkada, una isla unida al continente por un puente pero con todo el aire isleño que esperábamos. Allí vive parte de la familia de mi pareja, así que fue una parada especial. Lefkada es montañosa, verde y con playas impresionantes que fuera de temporada alta están prácticamente vacías, muy diferente a otras islas griegas más turísticas.
El inicio de la travesía: Sivota
En el pequeño puerto de Sivota nos esperaba nuestro catamarán y, con él, el verdadero comienzo de la aventura. Antes de embarcar hicimos una parada en Sivota Bakery Café, donde desayunamos un yogur griego con granola y una kombucha orgánica de la zona. Un desayuno sencillo pero perfecto para arrancar la semana en el mar.
Sivota → Nafpaktos
Nafpaktos tiene un aire histórico que engancha desde el primer momento. El puerto veneciano es pequeñito, casi redondo, y está custodiado por dos torres medievales que parecen sacadas de una peli. Por la noche dejamos el catamarán y cogimos una lancha para llegar al puerto y cenar en la taberna típica Ev-oinos.
Nafpaktos → Korfos
Para llegar a nuestro siguiente destino, Korfos, tuvimos que atravesar el canal de Corinto. El canal de Corinto es una vía de agua artificial que une el golfo de Corinto con el mar Egeo abriendo esta vía al transporte marítimo y separando el Peloponeso del resto de Grecia. El canal fue inaugurado el 9 de noviembre de 1893. Fue una auténtica maravilla contemplar desde el agua el gran cortado de tierra que separa el canal.
De allí saltamos a Korfos, que es todo lo contrario: un rincón tranquilo, ideal para fondear y bajar revoluciones. El pueblito está rodeado de olivares y tiene tabernas familiares donde probamos pescado fresco y un saganaki que llegó a la mesa todavía chisporroteando.
Korfos → Poros
Korfos es un pueblito tranquilo, ideal para fondear y descansar después de navegar. Está rodeado de olivares y tiene tabernas familiares donde probamos pescado fresco y saganaki (queso frito). Es de esos sitios donde parece que nadie tiene prisa: mar, sol y buena comida, nada más.
Poros, en cambio, fue todo lo contrario: al llegar por el estrecho la vista es increíble, con las casitas blancas y techos rojos escalando la colina y el campanario que se ve desde el mar. El puerto siempre tiene movimiento y se nota el ambiente isleño. Pasear por sus callejuelas llenas de buganvillas y tienditas fue muy agradable.
Poros → Ermioni
En el camino hacia Ermioni encontramos calas solitarias donde pudimos parar, nadar en aguas turquesa y disfrutar de estar prácticamente solos en medio del mar. Ermioni es un puerto pequeño y muy tranquilo, con un aire mucho más local y nada turístico. Tomar un café en la orilla mientras ves a los pescadores arreglar sus redes es parte de la experiencia. Para cenar probamos un delicioso pescado fresco acompañado de pan recién hecho, todo muy casero en el restaurante Cookoida.
Ermioni → Hydra
Hydra fue el gran final del viaje. Allí no hay coches, solo burros y carretillas, lo que ya cambia completamente el ambiente. El puerto es precioso, rodeado de mansiones de piedra y con ese aire bohemio que atrae a artistas y viajeros. Paseamos por el puerto iluminado al atardecer y cenamos en una terraza con vistas al mar. Es uno de esos sitios que se quedan grabados. Como ya dejamos el catamarán, esa noche nos hospedamos en el Hotel Boutique Angelica, situado en el centro de Hydra.
La vida a bordo
Además de lo que vimos en tierra, lo mejor fueron los momentos en el catamarán: desayunar con el horizonte delante, tirarse al agua en mitad de la nada, leer con la brisa o ver el amanecer desde el camarote. Estar en el mar hace que todo vaya a otro ritmo: sin horarios, sin prisas y disfrutando de lo simple.
Una semana en catamarán por Grecia no es solo visitar lugares bonitos, es también aprender a viajar más despacio.